Oración duodécimo día de Cuaresma

Hoy es 13 de marzo, segundo Domingo de Cuaresma. El Evangelio de hoy nos presenta la transfiguración de Jesús. Junto con Pedro, Juan y Santiago, somos invitados a sentir la presencia de Dios. Abramos nuestros sentidos para hacerlo posible y escuchemos su Palabra resonar en nuestros corazones. Sigamos teniendo presente hoy a todas las personas que deben huir de su país.

EVANGELIO DEL DÍA: Lc 5,43-48

«En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto»
.

¡Palabra del Señor!; ¡Gloria a Ti, Señor Jesús!

TEXTO VICENCIANO:

«Desde el encuentro con Dios en Cristo comenzamos a comprender y a vivir la misión sin fronteras en la comunión de la Iglesia. La cristología y la eclesiología, así como la pastoral y la misionología, reflejan las actitudes espirituales del teólogo o el apóstol. Esta espiritualidad es una actitud de renovación “interna” o “actitudes” de las cuales se puede derivar una renovación misionera de toda la Iglesia. El resultado más importante de la espiritualidad misionera es la alegría de sentirse llamado y amado por Cristo, de poder amar a Cristo, y de hacer que Cristo sea conocido y amado. “La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que proviene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas que tienden al pesimismo, el anunciador de las Buenas Nuevas debe ser un humano que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza”».

Discípulos en Misión. Art.3.2. Pág.10.

REFLEXIÓN PERSONAL:

Jesús pidió a Pedro, Juan y Santiago que le acompañasen en la oración. No era la primera vez, ni sería la última. Los discípulos conocían la rutina de Jesús y su encuentro con el Padre. Pero esta vez, fue especial. Ellos pudieron ver y sentir el calor y bienestar de estar en presencia de Dios, tanto fue así que Pedro quería quedarse. Pero en el Evangelio, podemos leer «No sabía lo que decía». Y es que la misión de Jesús iba más lejos que todo eso.
En nuestro día a día, buscamos el consuelo y la paz en la oración, pero no podemos dejar que, como a Pedro, esto nos distraiga de nuestra misión principal. Cristo es nuestra esperanza y Él nos llama a anunciarla y llevarla al resto del mundo.

CANCIÓN: Vengo a orar (Ixcís)

ORACIÓN FINAL:

Señor, mientras te muestras luminoso ante tus discípulos predilectos en esta montaña tan alta y apartada, el Tabor, envíanos tu Espíritu para que meditemos los distintos modos que tenemos nosotros de subir a la montaña del encuentro.

Podemos subir, y subimos, muchas veces solos, porque iniciar la ruta ascendente del encuentro, siempre sugiere aires de autosuperación, deseos de algo más puro, sueños de horizontes sin límites, ansias de verlo todo desde la otra orilla.

Y todo esto es bueno, es simple y, naturalmente bueno. Y, en cierta manera, reconfortante: buscarte en soledad sin trabas, sin nadie que se interponga.

Venid, subamos al Monte del Señor. Sí, subamos. Tú quieres que lo hagamos con los hermanos. No sólo junto a ellos, sino con ellos. Unidos fraternalmente podremos orar en nombre de Jesús.

Tú nos has hecho hijos del Padre y hermanos con un mismo amor y una misma entrega, con la seguridad de tu presencia transformadora. Por ello, todos juntos, te decimos que queremos conocer tu rostro transfigurado y luminoso.

Te buscamos presente en la vida y en la historia pequeña y grande de los hermanos, nuestros hermanos, los hombres de nuestra tierra y nuestro tiempo.

Tú eres nuestra paz, tú eres nuestra luz, tú eres el motivo de nuestra esperanza.

En la cumbre del Calvario, en la Cruz, nos diste, en medio del dolor, el camino para llegar al encuentro orante con el Padre. Tu lección fue el abandono.

Ante tu rostro transfigurado, anuncio de la resurrección de vida, queremos renovar nuestro abandono en las manos del Padre. Lo hacemos junto a ti, en ti: «Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Todo lo acepto con tal que tu voluntad se haga en mí, en mis hermanos y en toda la Humanidad».

Ilumina nuestra vida con tu luz, Señor Jesús. Tú no viniste a ser servido, sino a servir.

Que nuestra vida sea como la tuya: servir, grano de trigo que muere en el surco del mundo. Que sea así en verdad, Señor. Estoy, estamos dispuestos a vivirlo contigo.

Yo te confío mi vida, te la doy. Condúceme, envíame el Espíritu que mueve y transforma todas las cosas a la luz del amor.

Nos ponemos en tus manos, Señor, enteramente, sin reservas. Lo hacemos con la confianza absoluta que tú tenías en el amor del Padre.

Haz que nuestro abandono en las manos amorosas del Padre sea como el tuyo: ilimitado, total, anonadado.

Este es el camino que nos permitirá subir a la montaña del encuentro: abandonarnos contigo, Señor Jesús, en las manos del Padre, unirnos a tu ofrenda de amor salvador a favor de los hombres, ser, contigo y en ti, una única oblación.

Surco abierto son tus brazos una tarde en el Calvario.

Luz de gloria fue tu rostro transfigurado en el Monte.

Tú, Señor Jesús, eres siempre nuestra luz.

Amén.

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