DÍA 11: MORTIFICACIÓN ¡SÍGUEME!
Busca un lugar tranquilo. Si puedes, coloca una cruz o una imagen de Jesús caminando con la cruz. Enciende una vela como signo de tu deseo de seguirlo con fidelidad.
Haz esta breve oración para disponerte:
“Señor Jesús, tú me invitas a seguirte por el camino del amor sacrificado. Aquí estoy, dispuesto a cargar mi cruz contigo. Enséñame a vivir con generosidad y entrega.”

Evangelio del día: Marcos 8, 34
Llamando a la gente a la vez que, a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame”.
¡Palabra del Señor! ¡Gloria a Ti, Señor Jesús!
Enseñanzas de San Vicente de Paúl
Los santos y santas lo son por haber seguido Sus huellas, por haber renunciado a si mismo/a y haberse mortificado en todo».
SVP XI, 524
Para la reflexión personal
Seguir a Jesús no es un camino cómodo. Es una elección diaria de renuncia, entrega y fidelidad.
La mortificación no es castigo, sino disciplina del amor, capacidad de decir “no” a lo que nos aleja de Dios y “sí” a lo que nos configura con Cristo.
San Vicente lo expresa con claridad:
“Los santos son santos por haberse mortificado en todo.”
Como misioneros/as, estamos llamados/as a vivir con sobriedad, con dominio de nosotros/as mismos/as, con libertad interior. La mortificación nos ayuda a descentrarnos de nosotros/as para centrarnos en Cristo y en los/as demás.
El poema de Robert Frost nos habla de caminos. El camino de la cruz es el menos transitado, pero es el que marca la diferencia. Es el camino del amor verdadero, del servicio silencioso, de la entrega sin condiciones.
¿Qué cruces estoy llamado/a a cargar hoy con amor y fidelidad?
¿Qué renuncias necesito hacer para seguir más de cerca a Jesús?
Puedes cerrar este momento repitiendo en silencio:
“Señor, quiero seguirte. Dame fuerza para tomar mi cruz cada día y caminar contigo.”
Oración final
Dos caminos se abrían ante mí,
y no podía recorrer ambos.
Elegí el más silencioso,
el menos pisado,
y esa elección cambió mi vida.
Amén.
