Oraciones de septiembre: «DÍA 1: LA CENTRALIDAD EN CRISTO»  

DÍA 1: LA CENTRALIDAD EN CRISTO  

Busca un lugar tranquilo donde puedas estar a solas con el Señor.

No necesitas mucho: una vela encendida, una cruz, tu Biblia abierta en Filipenses 1, 21. 

Respira profundamente. Haz silencio exterior e interior. Estás en presencia de Aquel que te ha llamado por tu nombre.

Evangelio del día: Filipenses 1, 21

Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.

¡Palabra del Señor! ¡Gloria a Ti, Señor Jesús!

Enseñanzas de San Vicente de Paúl

No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros/as  mismos/as, para seguir a Jesucristo».

SVP III, 359

Para la reflexión personal

Como misioneros/as, estamos llamados/as a llevar a Cristo, pero no podemos dar lo que no vivimos. San Pablo nos recuerda que Cristo no es solo parte de la vida: es la vida misma. Todo lo que hacemos, decimos y somos debe brotar de esa unión profunda con Él.

San Vicente nos enseña que la felicidad eterna se encuentra en el servicio a los pobres, en la confianza en la Providencia y en la renuncia a nosotros/as mismos/as. Esto es clave: la misión no es protagonismo, es entrega. No es hacer muchas cosas, sino hacerlas con Cristo y por Cristo.

La oración que acompaña este día es una súplica de transformación: que nuestras manos, nuestra lengua, nuestra voluntad, sean las de Cristo. Que Él viva en nosotros para que podamos ser presencia viva de su amor en medio del mundo.

¿Estoy dejando que Cristo sea realmente el centro de mi vida misionera?

¿Qué aspectos de mi servicio necesitan más presencia de Jesús?

¿Cómo puedo vivir hoy mi misión con más humildad, entrega y confianza en la Providencia?

Oración final

¡Oh mi Salvador divino!

Por tu omnipotencia, por tu misericordia

infinitas, haz que yo pueda cambiar

y transformarme en Ti;

que mis manos sean tus manos y mi lengua

sea tu lengua; que mi cuerpo y mis sentidos,

no sean si no para tu gloria.

Pero, ante todo, transforma mi alma y

Todas sus potencias: que mi memoria,

mi inteligencia, mi voluntad, sean

como tu memoria, tú inteligencia,

tu voluntad; que mis actos y

mis sentimientos sean como los tuyos.

Y que, así como el Padre dijo de Ti:

Yo te he entregado hoy”

Lo pueda decir también de mí y aún añadir:

“Eres mi hijo amado en quien me complazco”.

.

Amén.

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