Oración vigésimo quinto día de Cuaresma 2025

Hoy es sábado 29 de marzo. Vigésimo quinto día de Cuaresma.

El evangelio nos invita a reflexionar sobre la importancia de la humildad y la misericordia pues nos recuerda que, en la vida cotidiana, nos enfrentamos constantemente a la tentación de compararnos con los demás, de medir nuestro valor por nuestros logros o por la percepción que otros tienen de nosotros.

Evangelio del día: Lc 18,9-14

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse 

justos y despreciaban a los demás: 

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. 

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, ¡Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

¡Palabra del Señor! ¡Gloria a Ti, Señor Jesús!

Enseñanzas de San Vicente de Paúl

Por ese medio alcanzaremos nuestro mayor éxito: por la humildad que nos hace desear la confusión de nosotros mismos. Pues, creedme, Padres y Hermanos míos, es una máxima infalible de Jesucristo, que muchas veces os he recordado de parte suya, que cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien.»

SVP XI, 207

Para la reflexión personal

En esta parábola, que solo se encuentra en el evangelio de Lucas, vemos que contrapone dos actitudes: la del fariseo, que piensa obtener la salvación con su propio esfuerzo, y la del publicano, que reconoce su condición de pecador y pide misericordia. El publicano vive y reza desde la esperanza que brota de ese deseo confiado en un Dios Padre Misericordioso al que le agrada la humildad del orante, mientras el fariseo se enorgullece de sus propias virtudes y desprecia a los demás.

Ahora bien, no debemos caer en la tentación de ver las actitudes de los dos orantes con ojos humanos, pues Dios nos ve siempre con ojos misericordiosos siendo esta la forma en la que debemos ver también a nuestros semejantes, sin entrar a juzgar convirtiéndonos en jueces de los demás, pues sólo Dios es juez.

En conclusión, la lectura de hoy nos ofrece una valiosa lección sobre la humildad y la misericordia; y nos recuerda que, en última instancia, lo que importa no es cómo nos ven los demás ni cómo nos veamos nosotros, sino cómo nos ve Dios.

Canción: Misericordia (Ixcís)

Oración final

Señor, salvador mío. En todas tus acciones pusiste ese sello de la humildad, de la caridad, de la obediencia y de la paciencia, y quisiste que te imitásemos en la práctica de esas maravillosas virtudes. Según esto, Señor, tú eres la fuente de la humildad y de todas las virtudes. ¿A quién podremos dirigirnos? ¿A quién podremos ir para tener esas virtudes, sino a ti, Señor nuestro?

Tú eres el autor de todas las virtudes, concédenos parte de ellas, tú que eres tan rico en tan hermosas virtudes. Te ruego que derrames tus gracias sobre nosotros para que podamos imitarte para que todo cuanto hagamos vaya acompañado de la humildad, de la caridad, de la obediencia y de la paciencia. (cf. IX,1078).

Amén.

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