Hoy es lunes 24 de marzo. Vigésimo día de Cuaresma.
El Evangelio nos invita a abrirnos paso y seguir nuestro camino confiando en quienes somos: Hijos de Dios.

Evangelio del día: Lc 4,24-30
Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
¡Palabra del Señor! ¡Gloria a Ti, Señor Jesús!
Enseñanzas de San Vicente de Paúl
En todo esto no hay nada humano: no es obra de un hombre, sino obra de Dios. ES la continuación de la obra de Jesucristo, y por tanto, el esfuerzo humano lo único que puede hacer aquí es estropearlo todo, si Dios no pone su mano. No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con el; que obremos en él y él en nosotros.»
SVP XI, 236
Para la reflexión personal
Cuántas veces al tratar de llevar a cabo nuestra Misión, que no es otra que la de llevar el Evangelio a todos los rincones del Mundo, nos encontramos con la sordera y el rechazo de nuestros iguales. Cuesta recordar que recorremos un camino por y para El y que con él vamos siempre acompañados. Porque no es lo que nosotros queremos, deseamos o creemos que es lo mejor, sino lo que Dios quiere. Abramos paso cuando el camino parece cerrarse y sigamos caminando.
Canción: Tranquilo (Fruto del Madero)
Oración final
No me quite las piedras del camino, que buscaré la forma de saltarlas. No me quite tampoco la maleza, que seré capaz de apartarla. No me quite por supuesto el río, que a nado sabré cruzarlo, pero nunca, ni un segundo de esta vida, suelte usted, querido Dios, mi mano.
Amén.
