Hoy es lunes, martes 11 de marzo. Séptimo día de Cuaresma.
Tomamos conciencia de que estamos en presencia del Señor y dejamos que su amor y su misericordia se hagan presentes en nuestras vidas. Hoy es un día para el recuerdo y para el perdón.

Evangelio del día: Mt 6,7-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas»
¡Palabra del Señor! ¡Gloria a Ti, Señor Jesús!
Enseñanzas de San Vicente de Paúl
Os ruego, padres, que se lo pidáis frecuentemente a Dios y que recéis mutuamente unos por otros, para que los misioneros se amen siempre entre sí. Consolémonos de que así ocurra al presente y pidamos a Dios que no permita que abandonemos alguna vez esta práctica del amor fraterno.»
SVP XI, 557
Para la reflexión personal
En una de sus catequesis el Papa afirmó que en el Padre nuestro hay una ausencia impresionante, pues allí falta una palabra. ¿Cuál es la palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? Una palabra que está continuamente en nuestra boca.
Falta la palabra «yo». «Yo» no se dice nunca. Jesús nos enseña a rezar, teniendo en nuestros labios sobre todo el «Tú», porque la oración cristiana es diálogo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». No mi nombre, mi reino, mi voluntad. Yo no, no va. Y luego pasa al «nosotros». Toda la segunda está en plural: «Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo: dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo. No hay que olvidarlo, falta la palabra «yo». Se reza con el tú y con el nosotros.
La razón está en que no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. La oración que elevamos a Dios es la oración de una comunidad de hermanas y hermanos. Y los buenos hermanos no solo piensan en sus dificultades sino, sobre todo, en las dificultades de los hermanos. Por eso, en la oración, Dios y los hermanos, sobre todo los más necesitados, van siempre unidos. Vicente de Paúl lo tuvo claro y pidió a los misioneros que rezasen juntos y que orasen unos por otros.
Sabemos que el individualismo es un mal que nos afecta a todos y en el que confluyen todos los males. El mejor antídoto contra el individualismo es pensar en “nosotros”, en que nada es mío y todo es nuestro, empezando por los bienes de la tierra. A veces, cuando rezamos, se nos cuela, consciente o inconscientemente, el individualismo. Entonces oramos mal. Y cuando oramos mal, aparece la desesperanza. La oración del Padre nuestro es un recordatorio de que la vida cristiana no está centrada en el yo, sino en el tú y en el nosotros, en el Padre del cielo y en los hermanos de la tierra. La oración nos abre al llanto de muchas personas cercanas y lejanas. Es la fuente de esperanza en la que podemos beber porque sabemos que Dios nos quiere unidos, como familia.
Canción: Padre nuestro de la vida (Brotes de olivo)
Oración final
Padre nuestro desde el otro lado.
Hijo mío, que estás en la tierra
haz que tu vida sea el mejor reflejo de mi nombre.
Adéntrate en mi Reino en cada paso que des,
en cada decisión que tomes,
en cada caricia y cada gesto.
Constrúyelo tú por mí, y conmigo.
Esa es mi voluntad en la tierra como en el Cielo.
Toma el pan de cada día
consciente de que es un privilegio y un milagro.
Perdono tus errores, tus caídas, tus abandonos,
pero haz tú lo mismo con la fragilidad de tus hermanos.
Lucha por seguir el camino correcto en la vida
que yo estaré a tu lado,
y no tengas miedo
que el mal no ha de tener en tu vida
la última palabra.
Amén.
